La llegada de Julio

Julio llegó a Buenos Aires con el rayo solar ibérico, regalándole a la ciudad su sonrisa brillosa. Capaz este mes el sol hubiera escondido detrás de las nubes por su timidez, hasta que unos amigos presentaran alegría de reencuentro en un territorio ajeno. Empezó llenar el vacío de la casa tirando las palabras al aires. Yo, para este mes, había programado en incorporarme a la ruta a Santiago de Chile, con el fin de realizar algunos encuentros pendientes y documentos a retirar. Para ser sincero, sí o sí quería abrazar a mis amigos a los que tengo tanto cariño, pero el viaje sí mismo era moldeable que sólo tenía la fecha de partida desde el terminal de bus. Capaz si fuese un viaje por avión no hubiera podido pensar en moldear. Fue ese momento que me pegó una piedra de palabras que se tiraba al aire.

Quédate. ¿Por qué te vas a Chile?

Era una piedra que tiró un niño travieso al estanque de agua, pero a la rana que vivía en él le impactó fatal. Recordé de tantos errores que he hecho de irme cuando me decían que me quedara. Entendí que era un niño travieso que tiraba por diversión, pero la ola que generó ya era imparable. Titubeaba el nivel de mi emoción colgado en el pasado. ¿La razón que no he asentado en un lugar ha sido porque me marchaba cuando me decían que me quedara? Me observé tener menos resistencia en ciertas palabras estimulantes y sentí vulnerable. Tan fácil he sido mi ser cambiando la dirección por dónde nadaba.

Pero sí entendí que no era por la tirada de estimulación exterior sino era por mi enfoque que me cambió la dirección. No sería justo dirigir la culpa a la razón exterior, cuando la responsabilidad me sobresalía desde mi propio bolsillo.

Al mismo tiempo tuve envidia al niño que podía tirar así las palabras. Si fuese yo invitado en una casa de un amigo que había programado en irse, no hubiera podido llegar a decir que se quedara más por mi. Me reí concluyendo que así será Julio, un mes travieso y sonriente. Un poeta decía que no hay ni una noche en la que nadie llora, pero me parecía que capaz en el mes Julio haya por lo menos una noche blanca donde la obscuridad emocional se despegue por la aventura y apertura.

Llegué al terminal y cambié la fecha para quedarme unos días más en la ciudad de Buenos Aires. El señor operador de la compañía me entendió y me sonrió entregándome el boleto con la fecha modificada. Que tengas suerte, dijo el señor. No sabía si necesitaba la suerte. Al salir del terminal, agradecí por el despegue de las nubes que llenaban mi mente. Si no hubieran despegado las nubes grises en mi mente, habría empezado a bajar la lluvia cuyas gotas entraran por la ventana de ojos, de arrepentimiento de no haberlo hecho el cambio.

Así sucedía consecutivamente. En el Domingo, mi fecha modificada, tuve un desayuno con Julio en un café querido de vecindad. La segunda pierda lanzó hacia mi otra vez.

Quédate. ¿No quieres estar aquí con todo nosotros?

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Esta vez fui más fuerte y preparado, y decidí no cambiar la fecha del viaje. Después de terminar el café jarrito me iba a marchar. Pero al momento de acabar aún la mitad del jarro, recibí una llamada que me informó del cierre de la frontera cordillera entre Argentina y Chile. No cesó de nevar en la cordillera andina, y la frontera se había cerrado por la seguridad. Me obligó quedar en la ciudad otro día. Capaz lo pienso como obligación pero era una obligación falsa. Capaz esta obligación falsa viniera de mi intención que dividía lo que hago y lo que quiero, para buscar una excusa de hacer lo que no quería. Capaz quisiera quedarme en la ciudad para tener un buen cierre del mes Julio, acompañándolo hasta la última fecha de su desaparición. Así la obligación se convirtió a mi decisión.

Quiero que te quedes. 

Al fin la tercera vez, cancelé el viaje a Santiago. Esta vez, el señor operador no me pudo ayudar dado que ya había cambiado dos veces la fecha por mi. Me quitaron el boleto, pero también el arrepentimiento posible. Me quedé sin nada, pero irónicamente me sentí lleno. Pude cambiar una semana de mi tiempo, así me dio la sensación de que era yo mismo quien controla al tiempo, no al revés. Me confirmé que mi dedicación y decisión son más fuertes que la gravedad del tiempo que me giraba y atraía. Me dio mucha risa en el colectivo de vuelta a Palermo, por todo lo que pasó últimamente. Cambié tres veces la fecha de mi partida para estar en la ciudad de Buenos Aires en el mes Julio donde no me encajaba ni me permanecía. Porque no soy de Julio, capaz porque nací en Septiembre.

Pero valió toda la recorrida. Caminé por las calles mal mantenidas llenas de excremento animal. Visité a San Bernardo para jugar pingpong. Clavé mi remo en el agua por un tiempo, pero el mayor tiempo fui llevado de remos. Corrí por el Bosque de Palermo tomando el suspiro de Julio. Salí las noches para bailar y fui testigo de muchas miradas sin sonrisas. Aprendí los pasos de tango. Cociné las comidas vegetarianas con un toque de amor desde nada. Me ahumé en el asado de despedida. Lloré por la hermosa nota de guitarra y por la voz que cantaba la cantante. Nos quejábamos por la contaminación urbana pero nos encantaba la puesta del sol de color a naranja cuya causa vino de dicha contaminación. Divertí todo eso dentro del marco de Julio. Toda la cosa horrorosa ha tenido su encanto. Solo llegando el fin de Julio, lo pude detectar.

Julio cantaba con la voz baja y gruesa. De pocas letras que aprendí, me las dediqué:

Iba cada domingo a tu puesto del rastro a comprarte
Carricoches de miga de pan, soldaditos de lata.
Con agüita de un mar andaluz quise yo enamorarte
Pero tú no querías más amor que el de río de la plata.

Iba cada domingo  a tu puesto del rastro a comprarte
Monigotes de miga de pan, caballitos de lata.
Con agüita de un mar andaluz quise yo enamorarte
pero tú no tenías otro amor que el de río de la plata.

Por llorar y me puse a gritar: ¿Dónde estás?

Y no volví más a tu puesto del rastro a comprarte
Corazones de miga de pan, sombreritos de lata.
Y ya nadie me escribe diciendo no consigo olvidarte
Ojalá que estuvieras conmigo en el río de la plata.

He empezado romantizar el mercado de San Telmo y la Plaza Francia. Las canciones me revelaron un valor que yo no había podido experimentar hasta el momento que las haya escuchado. En este mes pude finalmente convertir mi vista residencial de Buenos Aires a la vista turista que acaricia la ciudad. Sea falsa o no dicha vista, vivir en la expectativa me salvó. Sin ella, hubiera seguido viviendo en una realidad mal mantenida.

Tres veces cambié mi decisión, como Joaquín gritaba en su canción tres veces que quiso enamorarse. Solo se quedó una linda historia de amor del río de la plata. ¿Por qué me gustó? Por las sonrisas y quejas. Cuando miraba la sonrisa quise enamorarme en ella y tenerla en mi presente. Cuando escuchaba la queja, quise contribuir algo para mejorar por lo menos un día de este mes. Pero no me permitía ninguna. La verdad es que me enamoro de lo que no puedo tener. Recordé lo que escribió un amigo: Nos estamos acostumbrando a tener sexo pochoclero, solo relaciones que podemos controlar, noviazgos sin enamoramiento, amor al mejor postor… Evitar la infelicidad no te lleva en el camino de la felicidad. Enamorarse no es de tontos, es de valientes. 

También quise yo enamorar, pero ya llegó Agosto. Y no consigo olvidar a Julio. ¿El próximo año me vendrá el mismo Julio?

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